2023 ✍ por Carlos Fara

2021 no es una elección de medio término, sino la prueba de clasificación para 2023. Esto significa que ya empezó la futura elección presidencial. Alguien podría decir: “pero eso sucede siempre”. No siempre es así. Cuando el liderazgo está consolidado (las previas de 1995, 2007 y 2011) el foco político es otro: se trata para muchos de posicionarse a futuro, pero el juego es mucho más acotado. Pero cuando reina la incertidumbre (las previas de 2001, 2015 y 2019) toda la estructura cruje.

Eso es lo que está pasando ahora: salvo que suceda algo excepcional, Alberto no podría reelegirse porque 1) la mano le vino muy atravesada y la sociedad no le reconoce muchos méritos, y 2) a la persona que tiene mayor poder político no le interesa su continuidad, por ahora. Recuerden que en esta columna nunca hablamos de certezas, sino de probabilidades.

Si se diera la condición 1, la 2 quedaría relativizada. Pero si la 2 fuese afirmativa sin la 1 no serviría de nada. Volvemos siempre al mismo punto: si no hay condiciones de opinión pública, el resto son juegos de guerra de escritorio. No es que quiera llevar agua para mi molino profesional, pero todos sabemos que la única verdad es la realidad.

Alberto está en un círculo vicioso: no tiene poder porque le va mal en la gestión, y le va mal en la gestión porque no tiene poder. Cómo sale de ese laberinto? Por arriba, pero este laberinto tiene techo y está a oscuras. Es más complicado de lo habitual. Él tiene pocas cosas a favor. Una de ellas es la dispensa porque le tocó una crisis mundial e inédita. Otra es que quiso preservar la vida. Algunos bolsones le reconocen la ley del aborto. Pero no mucho más. Las acciones de gobierno y sus resultados son muy importantes, pero sin liderazgo no sirven para nada. Por eso el círculo vicioso en el que está tiene pocas probabilidades de resolución.

Si el FdT pierde la elección –hoy poco probable- toda la culpa será de Alberto. Al fin y al cabo él es el presidente. Pero si se gana habrá otros voceros que se destacarán, como ya sucedió la noche del triunfo de 2019: daba la impresión que el que iba a asumir el 10 de diciembre era Kicillof. Demás está decir que el otro en la gatera es Máximo. Pero acá empiezan los problemas para Cristina y se terminan los de Alberto, quien podrá decir con toda justeza y tranquilidad: “ella no me dejó gobernar, me rodeó la manzana, me voy a mi casa, ahora el problema lo tiene ella”.

Axel y Máximo comparten varios problemas (además de que se recelan):

  1. Su proyección o no dependerá de que lo habilite Ella;
  2. Están dentro de un barco en tormenta, donde no lo manejan, sufriendo las consecuencias negativas y sin posibilidad de usufructuar eventuales beneficios;
  3. Eso los limita para tener éxito en 2023;
  4. Tiene bastante más imagen negativa que positiva; y
  5. No lograr usufructuar lo positivo de CFK.

Axel está en su primera experiencia ejecutiva por cargo votado. Pero, en parte por su evangelio, en parte por su dependencia política de Cristina, no tienen ninguna posibilidad de mostrar liderazgo. A diferencia de las experiencias Duhalde, Ruckauf y Scioli que trabajaron denodadamente por mostrar autonomía del presidente de turno y en parte lo lograron, el gurú económico de la vicepresidenta no tiene esa chance, y quizá tampoco crea en esa estrategia. Mientras Ella tenga el poder, se acabaron los cuentapropistas que hagan una gran apuesta publicitaria para auto lucirse y salvarse de los pecados ajenos.

Máximo llega por elección popular, pero sin ningún tipo de lucimiento personal que lo distinga en el cuadro general. Es “el hijo de”, nadie sabe qué hace, ni que hizo, salvo que está ahí por decisión de su madre y que comanda algo que se llama La Cámpora, además de recibir todos los negativos de Cristina. Obvio que tiene tiempo para construirlo, pero el comienzo es “no positivo”. Ergo, no le sirve a su progenitora lo suficiente para resolver los dilemas políticos que se le plantean.

Ambos prospectos no tienen proyección de opinión pública porque no pueden –ella es la que manda y tiene la llave del tesoro- porque no quieren –“la gente es volátil, esas cosas del marketing dejáse las al PRO, así les fue”- o quizá porque no saben. Al final, como dijo el propio Alberto post PASO 2019, “el secreto de ganar una campaña es acertar con la política“. Es una cuestión conceptual.

Como dijo el propio Máximo “el lunes siempre llega”. Tarde o temprano la sociedad se expresa. Contra eso –por suerte- no hay nada que hacer.

Fuente: 7miradas.com

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