Los líos internos del peronismo-kirchnerismo y la ausencia –por ahora– de una tercera opción moderada, de centro, hacen que todo el tiempo vuelva a la mesa una pregunta: ¿hay espacio para un outsider? Cuando hablamos de este tipo de perfil, nos referimos a alguien que no viene del sistema político. Es diferente de alguien que ya está, aunque no tenga mucha visibilidad (como Lacunza): esta última categoría sería la de un “tapado”. Ahí la mirada se posa sobre gobernadores actuales (Llaryora, Pullaro), exgobernadores (Uñac, Zamora) y legisladores destacados (Pichetto), entre otros.
¿Por qué los outsiders no despuntan? Aquí hay que computar factores exógenos y endógenos a los personajes. El primer gran elemento es el timing: la sociedad tiene otras cosas en la cabeza como para prestarles atención a eventuales candidatos presidenciales para dentro de 12 meses. La segunda causa es el fenómeno Milei. Es difícil que todo el tiempo aparezca alguien tan novedoso y disruptivo como el presidente, que ya agotó la novedad, y ninguno de los outsiders tiene atributos para llamar la atención rápidamente. Pero la experiencia con el león libertario –que ya lleva 34 meses en el cargo– deja otra lección: sus errores políticos y sus déficits de gestión están llevando a una parte importante del electorado a pensar que es mejor alguien con experiencia política que sin ella. Ergo, la demanda se está corriendo hacia alguien nuevo, fresco, pero no improvisado. Más allá de todo eso, recordemos que el 70% votó en primera vuelta a candidatos del sistema y que solo una minoría se jugó por el gran outsider. Después, el balotaje siempre es otra historia.
Hasta aquí, los factores exógenos. Vamos a los endógenos. Gebel, el primero en amagar, tuvo un flojo desempeño en su debut, y sus sponsors originales están más cerca de tirar la toalla. Brito es banquero –algo poco simpático en la Argentina–, no tiene carisma y su gestión en River no lo favorece como sí favoreció a Mauricio Macri la suya en Boca. Por último, Hadad es, sin duda, el más politizado y hábil de los tres. Veremos. ¿Esto los descarta? De ninguna manera. En la era de las redes, todo va a una velocidad exponencial. Por lo tanto, los efectos de corto plazo pueden dar una vuelta de campana y dejar a todo el mundo mudo. Está sucediendo cada vez con más frecuencia a nivel global; si no, pregúntenles a los canadienses, que en 45 días entronizaron a su actual primer ministro (gracias a Trump).
Hablando de tapados, esta semana hizo su aparición en escena el exgobernador de San Juan Sergio Uñac. Como no es un carismático clásico –atributo no imprescindible en el siglo XXI–, su lanzamiento necesitaba sorprender de alguna forma. Con un relato remanido, sin mostrar pasión, con una escenografía curiosa y cerrando el spot de espaldas al espectador, tuvo un arranque poco feliz. Eso, frente al hándicap de Kicillof y Massa, no augura demasiado.
Con todos estos datos sobre la mesa, la mayoría del mundillo político, empresarial, periodístico y consultor tiende a pensar que la polarización entre violetas y celeste-blancos es inevitable. Suena lógico, pero no hay que dar por cerrada la grilla, porque cuando hay demanda la oferta puede aparecer en cualquier momento. Sin embargo, vamos a agregar un par de factores más en contra de outsiders y tapados. Tanto en 2015 como en 2023 apareció un tercero que desconfiguró el mapa: Massa y Milei, respectivamente. Ambos compartían dos características: 1) ya existían en la legislativa previa (2013 y 2021), es decir, no aparecieron de la noche a la mañana, y 2) tenían una enorme audacia y voluntad de poder. Mirando a 2027, no hay personajes de ese tipo.
Esos elementos le alegran la vida al Javo, porque le siguen confirmando la estrategia de polarización contra los kukas (aunque no está exento de que le salga “el tiro por la culata”, como le pasó a Macri). Pese a que su aprobación en la opinión pública no repunta y el humor social no se da vuelta, esta semana recogió varias buenas noticias: 1) está cerca de cumplir con la pauta de superávit fiscal que le pide el Fondo; 2) el Central volvió a acumular dólares (en la primera mitad de octubre ya duplicó lo comprado en todo septiembre); 3) la inflación oscila, pero no complica; 4) el 60% del rollover de vencimientos de deuda optó por plazos que superan el 10 de diciembre de 2027; 5) jugó hábil en Diputados para desactivar la movida opositora con el famoso DNU 70, y 6) los inadaptados de siempre (¿más infiltrados?) arruinaron la marcha al Congreso y le sirvieron en bandeja el discurso sobre “los violentos”. Claro, el uso de la capacidad instalada industrial está en su piso histórico y el riesgo país se va de las manos. Encima, la “inflación” de la bazuca para enfrentar corridas y las desmentidas sobre si se va Toto no ayudaron. Parece increíble que el viajero Javier Gerardo –fan de las ecuaciones para todo– crea que las dudas se combaten con declaraciones grandilocuentes que la audiencia no compra.
Otra a favor del gobierno es el fallido grupo de concertación LLA-PRO. Entre que el oficialismo no quiere que avance, por un lado, y los conflictos internos de los amarillos, por el otro, la mesa no está servida. Jorge Macri, en franca recuperación en el electorado, se permite desconfiar de las maniobras de su primo y quiere hacer su propio acuerdo con los violetas.
Ritondo les teme a las argucias del presidente de su partido, y De Andreis está para contar su propia versión de los hechos (porque Mauricio tampoco confía en Cristian). Mientras tanto, el Colo y los primos Menem toman café y hablan del clima y de fútbol.
Grabois le hace un guiño a Kicillof, y algún extraviado instala que puede existir la fórmula Ma-Ma (Massa-Máximo: endogamia bonaerense, fantástica para desmovilizar al interior). Por eso, las diferentes tribus peronistas festejan el Día de la Lealtad por separado. Decía el personaje central –un bígamo– de El descenso del monte Morgan, la obra de Arthur Miller, que él era fiel. Fiel a sí mismo.

