Pobreza y malestar social, un combo explosivo para los gobiernos y toda la clase política

Los datos difundidos esta semana por el Indec pintan un cuadro dramático a poco más de un mes para las elecciones legislativas.

Los datos de pobreza e indigencia en el primer semestre del año conocidos esta semana actualizaron el alarmante cuadro socioeconómico de la Argentina e interpelan directamente a la dirigencia política, abocada a la campaña electoral.

El cruce de las estadísticas sociales con los resultados de Paso genera una serie de preguntas inquietantes tanto para el oficialismo como para la oposición, sobre cómo hacer proselitismo en este marco, la relación entre el peronismo y sus bases de apoyo y si el deterioro crónico de la situación de los sectores populares y la clase media erosiona el apoyo a la democracia y abre la puerta a estallidos como los que azotan a América del Sur y el propio país ya experimentó en 2001.

El informe que difundió el jueves el Indec pinta un escenario dramático: del universo de 28,9 millones de personas que releva la Encuesta Permanente de Hogares 11,7 millones de personas (el 40,6%) son pobres y 3,1 millones de personas (el 10,7%) indigentes.

En el Gran Rosario los porcentajes son similares: el 39,4% de las personas no llega a la canasta total de productos y servicios y el 10,6% no cubre sus necesidades alimentarias básicas.

En este contexto, tal como sucedió en las Paso, la política le volverá a pedir el voto a una sociedad agobiada por la crisis en loop. ¿Cómo hacer campaña?

El politólogo Carlos Fara advierte que es el contexto más difícil para sintonizar con la población. “Lo que está buscando el grueso de la sociedad es humildad, que la política se ponga al nivel de la gente”, señala el director de Carlos Fara & Asociados.

Y agrega: “No necesita arengas vehementes, ni confrontación, ni tono altisonante ni soluciones mágicas. La gente no cree en propuestas grandilocuentes sino en cosas muy concretas, de corto plazo, la expectativa sobre el futuro es muy negativa”.

El politólogo Lucas Romero, director de Synopsis, recomienda tanto a los candidatos como a los gobernantes tener empatía y conectar con el sufrimiento de la gente. “Esto requiere un tono específico y dedicarle buena parte del tiempo y de la comunicación a la predisposición a escuchar”, indica.

En la Casa Rosada parecen haber tomado nota. Después de la dura derrota en las primarias, las tensiones a cielo abierto con Cristina y el recambio del gabinete -del que Alberto Fernández parece haber salido como el jefe de Estado de un sistema parlamentario, con Juan Manzur a cargo de la gestión diaria- el presidente se entregó a los timbreos -un dispositivo que tiene la marca del primer Cambiemos- y los encuentros en el territorio, donde recoge en un cuaderno las demandas de los distintos sectores sociales.

Síntomas de desgaste

Sin embargo, algunos elementos que se expresaron en las Paso -mayor ausentismo, derrota del PJ o victoria por menor margen en bastiones históricos- parecen mostrar tendencias más profundas en la relación entre el peronismo y su electorado.

Después de la derrota del PJ en las anteriores elecciones legislativas, en 2017, el sociólogo Juan Carlos Torre se preguntó en el artículo “Los huérfanos de la política de partidos revisited” si la división entre el kirchnerismo y el Frente Renovador no expresaba una fractura en la propia base del peronismo cada vez más difícil de soldar por las élites partidarias.

Con la foto más reciente en mano, Fara observa un desgaste por la crisis, pero también una tensión con el esquema de contención social. “Hay que prestar atención a si hay un desgaste con el asistencialismo, la gente necesita expectativa de futuro y el plan social liso y llano obviamente no se lo da”, plantea.

Los movimientos sociales, actores clave del nuevo paisaje social en los sectores populares

Para Romero no es tanto que se resquebrajó el vínculo entre el peronismo y los sectores populares, sino que quedó intermediado por otros actores, que no necesariamente responden a la dirigencia peronista: las organizaciones sociales. “Los movimientos se han autonomizado y crearon una suerte de estados paralelos, empezaron a atender servicios como la educación y la salud. Esto es lo que está generando estas tensiones dentro del oficialismo, sobre todo en la conducción de la política social, porque ahí se perdió el vínculo de conducción política de las organizaciones sociales”, analiza.

El fantasma del estallido

Nacidas en su mayoría poco antes y después de la explosión de 2001-2002, las organizaciones están más interesadas en sostener el orden que en romperlo.

Los movimientos organizan sólo a una pequeña fracción del heterogéneo universo de la economía popular -que justamente elogió Torre esta semana en una entrevista periodística por su capacidad de crear empleo, a diferencia de la economía formal- y donde una chispa en el lugar y el momento equivocados podría encender la pradera.

La delicada situación social no sólo genera el interrogante sobre si, como dice la canción, se viene el estallido, sino sobre la fortaleza de la democracia argentina y cuáles son las vías de salida del laberinto.

El fantasma del 2001, siempre presente en el imaginario de la dirigencia política argentina

“Argentina inventó después del 2001 un sistema cuya razón de ser es la de evitar que exista otro 2001”, afirma el politólogo Pablo Touzon. Y añade: “Una aparatología estatal y política destinada a ‘gestionar’ la crisis antes que resolverla, que fue relativamente eficaz hasta ahora pero que veinte años después encuentra en un Estado casi en quiebra por la sobreexpansión fiscal -propia y la debida a la pandemia- un límite duro a su capacidad de seguir conteniendo la crisis. Preguntarse a veces sobre si hay crisis social en Argentina es como preguntarse si hay guerra en Afganistán: pareciera que en el fondo nunca dejó de haberla. En ese sentido, cabría preguntarse si el único formato de ‘estallido’ es el 1989 o 2001, con todos los cambios tecnológicos, sociales y culturales que se produjeron en el mundo después de la crisis del 2008”.

Ana Natalucci, doctora en ciencias sociales e investigadora del Conicet, sostiene que en términos teóricos las condiciones son similares a las de 2001-2002. “A diferencia de ese momento las organizaciones territoriales están funcionando como contención, a partir de una caracterización de que en las crisis los que peor las pasan son los sectores populares y terminan ganando los sectores dominantes”, señala.

Erosión de la democracia y un camino de salida difícil

Pese a estar entrampada, como el libro de Pablo Gerchunoff y Lucas Llach, en ciclos de ilusión cada vez más cortos y de desencanto cada vez más extensos, la Argentina sostiene una democracia resiliente. Sin embargo, advierten los expertos, no hay que confiarse.

Touzon remarca que la desigualdad social y la crisis de la movilidad ascendente y de los sectores medios occidentales es en buena medida la responsable de la crisis de los sistemas políticos democráticos post 2008. “En Argentina ‘zafamos’ un poco más porque nuestra historia reciente nos lleva a apreciar a la democracia ‘en sí’, más allá de los bienes que provea, pero a medida que nos alejemos en el tiempo de la dictadura, el mismo relato épico de la democracia empieza a difuminarse”, alerta.

La posibilidad de un acuerdo político de salida a la crisis divide las opiniones entre los especialistas

Natalucci remarca que cuánta desigualdad soportan las democracias es un debate mundial. “Las crecientes desigualdades se expresan de modos distintos: a veces como estallidos, a veces con el recrudecimiento de la violencia social y a veces con proceso de organización, también de grupos de ultraderecha. Hay un problema que la clase política no está viendo”, indica.

La mirada de los especialistas diverge sobre cuál es la salida. Para Touzon, “por lo volátil de las hegemonías y las dificultades de sostenerlas en el tiempo, lo más realista y eficaz es el pacto y el acuerdo”, como sucedió en los ‘80 con la democracia y en los ‘90 y los 2000 con los pilares de la economía.

En cambio, Natalucci observa un empate hegemónico entre un proyecto neoliberal y un proyecto antineoliberal que no logran imponerse sobre el otro. “Eso no se va a resolver dialógicamente, o bien el sector neoliberal logra rearmar un proyecto que no sea tan excluyente, o el sector antineoliberal logra redefinir un proyecto que sea para las mayorías sociales”, considera. Por Mariano D’Arrigo para Diario La Capital