Si Rodolfo Walsh fundó la no ficción americana con su Operación Masacre (previa, según se ha dicho hasta el cansancio, al A sangre fría de Truman Capote), quizás la impronta de Oesterheld y su Eternauta configura inversamente, veinte años después, la primera metáfora montada sobre la usurpación del poder y el genocidio de Estado. Pero a diferencia de los fusiladores del ‘56, los golpistas que atacaron dos décadas más tarde irradiaron –por la metodología y dimensión de su alcance– algo que a primera percepción resuena sobrenatural, empezando por la categoría…
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